24.12.08
Para los perros viejos...
...Pasamos una semana sin vernos. Entonces una tarde llegué a su casa y acabamos en la cama, besándonos. Lydia me apartó de un empujón.
—¿Tú no sabes nada acerca de las mujeres, verdad?
—¿Qué quieres decir?
—Lo que quiero decir es que puedo darme cuenta leyendo tus cuentos y poemas de que no sabes nada de las mujeres.
—Explícamelo mejor.
—Bien, quiero decir que para que un hombre me interese tiene que comerme el coño. ¿Has chupado alguna vez un coño?
—No.
—¿Tienes cincuenta años y nunca te has comido un coño?
—No.
—Es demasiado tarde.
—¿Por qué?
—A un perro viejo no se le pueden enseñar trucos nuevos.
—Claro que sí.
—No, es demasiado tarde para ti.
—Yo siempre he sido un aprendiz retrasado.
Lydia se levantó y se fue a la otra habitación. Volvió con un lápiz y un papel.
—Ahora mira, quiero enseñarte algo que seguramente no conoces, el clítoris. Es el punto sensible. El clítoris se esconde, ¿ves? y sale cuando hay suficiente excitación, es rosa y muy sensible. A veces se te ocultará y tú tienes que encontrarlo, sólo has de rozarlo con la punta de la lengua...
—Vale —dije—, ya he comprendido.
—No creo que puedas hacerlo. Ya te lo he dicho, no puedes enseñarle a un perro viejo trucos nuevos.
—Quítate la ropa y túmbate.
Nos desnudamos los dos y nos echamos en la cama. Empecé a besar a Lydia. Bajé de los labios al cuello, luego hasta sus pechos. Entonces bajé hasta su ombligo y de allí, más abajo.
—No, no puedes —dijo ella—, de ahí salen sangre y orina, piénsalo, sangre y orina...
Bajé y empecé a chupar. Me había dibujado un plano muy acertado. Todo estaba donde se suponía que debía estar. La escuché respirar fuertemente, luego gemir. Me excitaba. Se me empalmó. El clítoris apareció, pero no era exactamente rosa, era casi de un rojo púrpura. Jugué con él. Surgían jugos que se mezclaban con los pelos del coño. Lydia gemía más y más. Entonces oí la puerta principal abrirse y cerrarse. Escuché pasos. Levanté la mirada. Un chavalito negro de unos cinco años estaba plantado junto a la cama.
—¿Qué coño quieres? —le dije.
—¿Tienen botellas vacías? —me preguntó.
—No, no tenemos botellas vacías —le dije.
Salió del dormitorio, pasó por el salón, abrió la puerta delantera, salió y desapareció.
—Dios —dijo Lydia—, pensé que la puerta estaba cerrada. Ese era el niño de Bonnie.
Lydia se levantó y cerró la puerta delantera. Volvió y se echó en la cama. Eran alrededor de las cuatro de la tarde de un sábado.
Volví a zambullirme...
Bukowski, Charles, Mujeres. 1978. Fragmento sacado del Capítulo V.
P. D.: ¡FELICES FIESTAS!
Etiquetas: Charles Bukowski
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Feliz año nuevo!
Hace algún tiempo me dejaste un comentario en mi blog en el que me decías que habías dado una ponencia en un congreso sobre la destrucción de las alhajas de plata de las iglesias en el siglo XIX.
Me gustaría saber si puedes enviarme el texto, bien para consultarlo o bien (si estás de acuerdo) para colgarlo en mi web.
Mi e-mail es alejandrocdonoso@gmail.com.
Gracias por todo y un saludo!
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Hace algún tiempo me dejaste un comentario en mi blog en el que me decías que habías dado una ponencia en un congreso sobre la destrucción de las alhajas de plata de las iglesias en el siglo XIX.
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